27/9/16

Materia orgánica, ¿cómo se recicla?

Sucesión riparia. Muchos individuos de Tessaria integrifolia colinizan las playas del río Manu, contribuyendo al ciclaje de nutrientes.
Todos los seres vivos están hechos de elementos, siendo los más abundantes el oxígeno, el carbono, el hidrógeno, el nitrógeno, el calcio y el fósforo. De todos estos, el carbono es el que mejor se enlaza con otros elementos para formar compuestos necesarios para la vida, como son los azúcares, los almidones, las grasas, y las proteínas. En conjunto, todos estos tipos de carbono constituyen aproximadamente la mitad de la masa seca total de los seres vivos. 

El carbono está presente en la atmósfera, los suelos, los océanos y la corteza terrestre. Si observamos la Tierra como un sistema, estos componentes se conocen como reservas de carbono (también llamados stocks) porque albergan gran cantidad de carbono. Cualquier movimiento de carbono entre estas reservas es denominado un flujo (Honorio y Baker, 2010). En cualquier sistema integrado, los flujos conectan los reservorios creando de esta manera los ciclos de nutrientes. Un ejemplo de este ciclo es el proceso de la fotosíntesis, donde las plantas utilizan el carbono de la atmósfera para crear material vegetal nuevo (Begon et al., 2006). A nivel global, este proceso transfiere grandes cantidades de carbono de una reserva (la atmósfera) a otra (las plantas). Con el tiempo, estas plantas mueren y se descomponen, son cosechadas por los seres humanos, o se queman ya sea para fines energéticos o en los incendios forestales. Todos estos procesos son flujos que transfieren el carbono entre los diversos grupos dentro de los ecosistemas y, finalmente, lo devuelven a la atmósfera (Malhi, 2002).

En escalas de tiempo más cortas, de segundos a minutos, las plantas absorben el carbono de la atmósfera a través de la fotosíntesis y lo liberan a través de la respiración. En escalas de tiempo más largas, el carbono del material vegetal muerto se incorpora en los suelos, donde puede permanecer almacenado durante años, décadas o siglos antes de ser degradado por los microorganismos del suelo y devuelto de nuevo a la atmósfera. En escalas de tiempo aún más largas, la materia orgánica enterrada en los sedimentos profundos (y que está protegida de la descomposición) se convierte poco a poco en depósitos de carbono, petróleo y gas natural, es decir los combustibles fósiles que utilizamos hoy en día. Cuando utilizamos estas sustancias, el carbono que ha sido almacenado durante millones de años se libera de nuevo a la atmósfera en forma de CO2 (Prentice et al., 2001).

El ciclo del carbono tiene un gran efecto sobre el funcionamiento y el bienestar del planeta. A nivel mundial, el ciclo del carbono juega un papel clave en la regulación del clima de la Tierra mediante el control de la concentración de CO2 en la atmósfera. El CO2 es importante, ya que contribuye en el efecto invernadero. El mismo efecto invernadero es un fenómeno perfectamente natural y, sin él, la Tierra sería un lugar mucho más frío. Pero como suele ser el caso, demasiado de algo bueno puede tener consecuencias negativas, y una acumulación anormal de gases de efecto invernadero (GEI) puede llevar a nuestro planeta a calentarse irregularmente (Prentice et al., 2001).

Referencias citadas:

  1. Honorio E, Baker T. Manual para el monitoreo del ciclo del carbono en bosques amazónicos. Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana/Universidad de Leeds. Lima. 2010. 54 pp.
  2. Begon M, Townsend CR, Harper JL. Ecology: From individuals to ecosystems. 4th Edition. England: Blackwell Publishing. 2006. pp.752
  3. Malhi Y, Phillips OL, Lloyd J, Baker T, Wright J, et al. An international network to monitor the structure, composition and dynamics of Amazonian forests (RAINFOR). Journal of Vegetation Science, 2002; 13
  4. Prentice IC, et al . The carbon cycle and atmospheric carbon dioxide. In: Climate Change 2001: the scientific basis (ed. IPCC), pp. 183–237. Cambridge University Press.