Usted
está viajando al trabajo, o se encuentra abocado en sus quehaceres, cuando de
pronto un olor penetra por su nariz y su cerebro hace sinapsis. Un recuerdo
borroso invade su cabeza. Siente la necesidad de volver a inhalar ese olor,
esta vez, para avivar el recuerdo, para recuperar la compostura, para
prepararse ante la reminiscencia. Durante los siguientes segundos, sus sentidos
se agudizan, su cerebro explora los vericuetos de la memoria mientras su nariz
sigue escudriñando el origen del aroma. Por momentos, pareciera
tener la respuesta, se esfuerza por llegar al desenlace. Pasan algunos minutos
y usted sigue sin saber, pero insiste en su hazaña pues está convencido que esa
evocación le dibujará esa sonrisa que no apareció hoy en su día. Pero el olor
se va esfumando y pronto, la estela que dejaron las partículas de su esencia va
desapareciendo y junto con ella sus deseos de persistir. De alguna forma, le
contenta saber que pudo ser un recuerdo bonito, tal vez algo relacionado a su
infancia, o a su más reciente conquista amorosa. Aunque usted sabe al final que “los recuerdos suelen contarnos mentiras” (JMS).
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